Los discos de vinilo han vuelto. El formato que muchos creían extinto a mediados de los años noventa ha regresado con fuerza en la última década, alcanzando cuotas de ventas que no se veían desde 1991, su último máximo de ventas.

Como explica Christine Gough, directora senior de producción física de Universal Music Group: “La gente saca tiempo de su ajetreada vida para escuchar música en vinilo. Quieren sentarse, ponerse el vinilo y escucharlo”.

Según Gough, la interacción física es lo que más le gusta a los entusiastas de este formato: la carátula, el peso del vinilo. El problema, potencialmente, para los coleccionistas de discos y el medio ambiente, es que el producto tiene que crearse a partir de materias primas.

La producción de un disco de vinilo suele ser un proceso de fabricación ruidoso, sucio y basado en el vapor del siglo XIX, en el que intervienen una serie de materiales problemáticos para el medio ambiente.

El PVC sustituyó por primera vez a la goma laca -que se utilizaba para los discos desde el año 1900- durante la década de 1950, cuando se generalizó el uso del nuevo cloruro de polivinilo (PVC).

El PVC tiene sus ventajas de fabricación: es duradero, barato, fácil de formar y moldear. Todos estos atributos lo convierten en un material ideal para la fabricación de discos.

Sin embargo, el PVC también se deriva en parte del uso de combustibles fósiles -principalmente gas, pero también petróleo- y el disco terminado puede contener aditivos tóxicos como negro de humo y metales pesados, ya que se añade un agente estabilizador al PVC para evitar que se degrade con el tiempo.

Es muy probable que un vinilo antiguo contenga cadmio o plomo, ambos tóxicos para el ser humano, e incluso algunos vinilos nuevos pueden contener plomo.

Al igual que ocurre con las bolsas de plástico, no se trata de un asunto de blancos y negros. Es cierto que la mayoría de los discos de vinilo implican el uso de combustibles fósiles, productos químicos y energía; pero suelen durar décadas, y los LP de vinilo son apreciados, heredados y revendidos. Rara vez acaban en la basura, y su valor inherente hace que los discos nuevos no vendidos se fundan y reutilicen.

Los servicios de streaming podrían parecer la opción más ecológica, pero los millones de archivos digitales que se transmiten requieren servidores que consumen mucha energía para almacenarlos, recuperarlos y servirlos al dispositivo del consumidor, como un smartphone, que a su vez contribuye a la huella de carbono del streaming, con sus metales y su corta vida útil.

En cambio, una vez que se ha producido y comprado un LP de vinilo, su impacto en el medio ambiente es mínimo: incluso el tocadiscos suele requerir menos energía que un ordenador o un servidor de música digital.

No cabe duda de que existe un cierto grado de preocupación por los plásticos en los discos, pero es mínimo: según las estadísticas disponibles, los nuevos discos de vinilo representan aproximadamente menos de la mitad del 1% de la producción mundial de PVC.

Además, el futuro parece más ecológico, con la aparición de nuevas tecnologías y métodos de producción. Tal vez éste sea sólo el final de la primera cara del vinilo: es hora de darle la vuelta al disco y disfrutar del Lado B.