Una crónica como cientos más que existen en torno a la mítica figura de Juan Gabriel.

La tarde en la que me enteré que Alberto Aguilera Valadez murió, pequeñas fracciónes de mi vida, de mi familia y de mi casa se fueron con él.

Durante varios, varios años, cada fin de semana me levanté con el aroma de los hígados de pollo cocinados en salsa de tomate que mi abuela Adriana guisaba exclusivamente para mi. En aquellos tiempos, mi abuela era tan ágil como una veinteañera y comenzaba sus labores domésticas con los primeros rayos del sol al ritmo de  “Inocente Pobre Amigo”, “Costumbres” o “Querida” reproducidos en la tornamesa de vinilos que aún conservo, pero sin lugar a dudas, cuando escuchaba que era el turno de “La Diferencia” mi corazón se ensombrecía. Era como si una repentina nube negra se colocara encima de mi, castigándome.

Yo no concebía la idea de que alguien pudiera amar de esa manera, como tampoco concebía que podía ser rechazado con la misma intensidad. Años más tarde, valla que me enteraría.

“Que daño puedo hacerte con quererte, si no me quieres tú yo te comprendo”.

Me parecía insultante la enorme prueba de amor que Juan Gabriel le ofrecía a ese amante fallido que lo despreciaba, que no podía “ni pronunciar su humilde nombre”, que lo despreciaba. ¿Realmente somos capaces de amar tan pura y fehacientemente?, ¿Porque ese maldito individuo (la verdad es que sí llegué a odiarlo un poco) lo hacía sufrir de esa manera?. Juan Gabriel fue mi verdadero maestro en las oscuras artes de las relaciones humanas. Con sus canciones reí, amé, sufrí y lloré desde mi habitación años antes de que me rompieran el corazón.

La mañana del domingo 28 de agosto del 2016, día en que Juan Gabriel falleció y escuche “La Diferencia” frente al monumento que se erigió en su honor en Garibaldi, lloré porque mi mentor había fallecido, porque ya no hay hígados entomatados en mi vida, porque conocí el desamor. Porque todo ha cambiado, y la muerte, es la única certeza con la que podemos vivir.

Desde el mítico Noa Noa en Ciudad Juárez donde el joven Adán Luna comenzó a realizar sus primeros pininos musicales, pasando por su estadía en El Palacio negro de Lecumberri tras una falsa acusación de robo, la oportunidad que le otorgó ‘La Prieta Linda’, los contratos discográficos con RCA, Bellas Artes, Rocío Durcal, su grandeza, su belleza, su eterno dolor, pero también, su innagotable fortaleza. Juan Gabriel es y será por siempre el único Divo, el Divo de Juárez.